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febrero 12, 2009

25 Años sin Julio: se edita libro inédito


México, D. F.- De forma simultánea en Argentina y España aparecerá en mayo próximo un material que contiene cientos de páginas inéditas del escritor Julio Cortázar, en conmemoración del 25 aniversario de su muerte, ocurrida el 12 de febrero de 1984.

Los documentos fueron encontrados por la viuda del escritor argentino y un estudioso del autor de la novela revolucionaria “Rayuela” y, de acuerdo con el diario español “El país”, la obra que constará de 450 páginas llevará por nombre “Papeles inesperados” y recogerá 11 relatos nunca incluidos en obra alguna.

Este tesoro literario apareció el 23 de diciembre de 2006 en una cómoda que Aurora Bernárdez, viuda, albacea y heredera universal de Cortázar, y Carles Álvarez, estudioso del autor, a duras penas lograron abrir por la gran cantidad de papeles que contenía.

También aparecerá un capítulo inédito del “Libro de Manuel”, 11 nuevos episodios del personaje que protagonizó su obra “Un tal Lucas” -una especie de álter ego de Cortázar-, cuatro autoentrevistas y 13 poemas de su autoría inéditos.

En cuanto al capítulo inédito del “Libro de Manuel”, la hipótesis es que no fue incluido en el volumen “por redundante y por su alto contenido erótico”, aventura “El país”.

Julio Cortázar, prolífico escritor argentino que, sin duda, trató el tema de lo fantástico con gran agudeza y humor, también vivió en una constante lucha entre el recuerdo y el olvido de su patria, murió víctima de leucemia.

Aunque nació por accidente en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914, en donde su padre trabajaba como técnico en economía en la delegación comercial de la embajada de su país, Cortázar y su familia llegaron a Argentina en 1918 huyendo de la primera Guerra Mundial.

El futuro escritor pasó en la provincia argentina de Bánfield una infancia solitaria y bastante atormentada, marcada siempre por el abandono de su padre cuando él tenía apenas seis años.

Se graduó como maestro de escuela e inició estudios en la Universidad de Buenos Aires, los cuales tuvo que abandonar más tarde por razones económicas.

Fue entonces que trabajó como maestro en varias provincias de Argentina, sin embargo, por desavenencias con el gobierno peronista el escritor abandonó Argentina en una suerte de autoexilio.

Gracias a una beca del gobierno francés, se instaló en París para cursar estudios; en el país europeo sus primeros trabajos fueron la traducción de obras de los escritores estadounidenses Edgar Allan Poe y la francesa Marguerite Yourcenar.

Más tarde se desempeñó como traductor independiente de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, viajando constantemente dentro y fuera de Europa.

En 1938, bajo el seudónimo “Julio Denis”, publicó el libro de sonetos “Presencia”. En 1949 aparece su obra dramática “Los reyes” y apenas dos años después publica “Bestiario”, en el que se descubre el Cortázar deslumbrante por su fantasía y su revelación de mundos nuevos que irán enriqueciéndose en su obra futura.

Entre sus obras más importantes destacan: “Los premios” (1960), la novela “Rayuela” (1963), “62/Modelo para armar” (1968) y el “Libro de Manuel” (1973).

El refinamiento literario del escritor, sus lecturas casi inabarcables, su incesante fervor por la causa social, hacen de él una figura de deslumbrante riqueza, constituida por pasiones a veces encontradas, pero siempre asumidas con el mismo genuino ardor.

Cortázar siempre fue un fiel defensor de los movimientos revolucionarios, a través de numerosos artículos y conferencias. Tras el triunfo de la Revolución Cubana, Fidel Castro lo invitó a viajar a la isla, al igual que conoció de cerca el triunfo sandinista en Nicaragua, hecho sobre el cual escribió.

En una constante lucha entre el recuerdo y el olvido, puesto que deseaba recrear los detalles de su lejana patria, Julio Cortázar hizo a finales de 1983 su último viaje a Buenos Aires, donde fue recibido con fervor.

Hace 25 años, el 12 de febrero de 1984, el prolífico escritor murió en París, aquejado por la leucemia.

(Con información de Notimex)


marzo 17, 2008

Imágenes y memorias del último viaje de Cortázar

Exposición Cortázar por Mario Muchnik, en Madrid

Imágenes y memorias del último viaje de Cortázar

El editor fotografió al escritor a lo largo de su vida, pero sobre todo en 1984. “Ya estaba enfermo, es claro. Hacía varios meses que tenía leucemia”.

El autor de Rayuela pasó el último verano
de su vida con Muchnik y su mujer
Foto: Colección Mario Muchnik



La silueta larguísima, la cara escondida detrás de una espesa barba negra y de unas enormes gafas, la ropa y el calzado modestísimos.

—Usted es el señor Cortázar, ¿no es cierto? Lo vimos en el periódico.

Quienes se dirigieron a Julio Cortázar aquella tarde de agosto de 1983 fueron dos guardias civiles destinados en la provincia de Segovia, entre entusiasmados y cohibidos por saludar al escritor argentino en medio de un sendero rural.

Extraña escena. El editor Mario Muchnik asistió a ella y la inmortalizó con un par de fotografías. En la primera, la pareja y Cortázar posan como si él escritor fuese un detenido; en la segunda, un paisano y su burro se suman a la composición.

Las dos imágenes forman parte ahora de la exposición Cortázar por Mario Muchnik, que reúne en el Centro de Arte Moderno de Madrid los retratos que el editor tomó del autor a lo largo de su vida (muchas de ellas inéditas) y, sobre todo, en el verano de 1984, el último en la vida de Julio Cortázar. El mismo verano que Muchnik relata en las páginas del libro (la palabra catálogo se queda corta) que acompaña a la muestra.

Su punto de partida es la muerte de Carol Dunlop, la última mujer del escritor, en 1982. “El duelo de Julio duró hasta su muerte, en febrero de 1984”. En esas condiciones, Muchnik y su mujer, Nicole, insisten a Cortázar para que no pase el verano solo y lo invitan a pasar unos días con ellos en un molino que tienen alquilado en la sierra de Segovia. En contra de lo previsto, y a última hora, su amigo accede.

“Ya estaba enfermo, es claro. Hacía varios meses que tenía leucemia pero nosotros no lo sabíamos y él, en principio, tampoco”, escribe ahora Muchnik.

Cortázar por Mario Muchnik no es Rayuela pero, al menos, va más allá de la devoción hueca. Así, en el texto del editor hay tiempo para profundizar en la psicología del escritor argentino. En su relación con las mujeres, por ejemplo.

También aparece la muerte en el texto de Muchnik. Ronda por ahí, como una sombra.

—Estoy muy harto de mi cuerpo, Mario—, le dijo Cortázar a Muchnik en enero. —La verdad es que estoy bastante desesperado.

Un mes después, el escritor pudo ver un ejemplar de su último título, Nicaragua, tan violentamente dulce en la víspera de su muerte. Aurora Bernárdez le contó a Muchnik, después del entierro de Cortázar, que a éste le había gustado la edición, pero que la fotografía del autor en la solapa parecía un presagio de la muerte. La imagen la había tomado el propio Muchnik aquel verano, en Segovia.


© El Mundo



Madrid • Luis Alemany


febrero 29, 2008

Julio dice:

"Creo que ningún escritor tiene derecho a dificultar deliberadamente la lectura al lector: porque esto se llama pedantería o insuficiencia. Es el caso del que no tiene nada que decir y entonces lo dice en un lenguaje muy complicado, para disimular que no está diciendo absolutamente nada."
Julio Cortázar (1914-1984), escritor argentino

octubre 21, 2007

El primer libro póstumo de Julio Cortázar

Nota interesantísima que incluye un súper aviso al final. Si alguno de ustedes tiene el modo de hacerse de un ejemplar, ¡escriban pronto!
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El primer libro póstumo de Julio Cortázar
Ricardo Bada
En diciembre de 2000 me encontraba en Madrid, en un restaurante vasco, almorzando con uno de los grandes teóricos de la arquitectura contemporánea, el profesor Javier Maderuelo, a quien tuve la suerte de conocer hace ya más de veinte años y desde entonces somos amigos. En sus ratos libres, que son poquísimos y contabilizables con cuentagotas, Javier se dedica a la crítica de arte.

Ese día decembrino me preguntó si continuaba profesando la fe cronopial, es decir, si seguía siendo un fiel y acendrado admirador de la persona y la obra de Julio Cortázar. Que sí, le contesté. “Pues de postre a este almuerzo te voy a dar una sorpresa”, me dijo. Y el postre-sorpresa consistió en llevarme a la Galería Sen, en el 43 de la calle del Barquillo, muy cerca de Alcalá y la Cibeles, muy cerca del palacio de Buenavista, donde hice mi servicio militar.

En la Galería Sen, regentada por la caraqueña (mantuana, diría ella) Eugenia Niño, estaban expuestos treinta y cinco ejemplares de un libro muy singular, ya desde el doble título: de izquierda a derecha se titulaba primero La puñalada y luego El tango de la vuelta . Pat Andrea firmaba La puñalada , y Julio Cortázar El tango de la vuelta . Cada uno de esos treinta y cinco ejemplares se abría por la página correspondiente a cada uno de los treinta y cinco dibujos a lápiz, carbón y acuarela de Pat Andrea, un pintor neerlandés que se enamoró de una argentina y del tango (imagino que por este orden) y realizó esos treinta y cinco dibujos teniendo como leitmotiv el tema de la puñalada, tan recurrente en los tangos más reos: y en cierto Borges.

Una vez concluida la serie, Pat Andrea le pidió a su amigo Julio Cortázar un prólogo para el libro que pensaba editar con esos dibujos. Pero Cortázar, en vez de un prólogo, le envió un cuento llamado “El tango de la vuelta”, que titulándose simplemente “Tango de vuelta” había aparecido en el volumen Queremos tanto a Glenda (Nueva Imagen, México 1980). Un cuento muy cortazariano. Valga como botón de muestra su comienzo:

Uno se va contando despacito las cosas, imaginándolas al principio a base de Flora o una puerta que se abre o un chico que grita; después esa necesidad barroca de la inteligencia que la lleva a rellenar cualquier hueco hasta completar su perfecta telaraña y pasar a algo nuevo. Pero cómo no decirse que a lo mejor, alguna que otra vez, la telaraña mental se ajusta hilo por hilo a la de la vida, aunque decirlo venga de un puro miedo, porque si no se creyera un poco en eso ya no se podría seguir haciendo frente a las telarañas de afuera. Flora entonces, todo lo que me fue contando de a poco cuando nos juntamos, por supuesto ya no trabajaba en la casa de la señora Matilde (siempre la llamó así aunque ahora no tenía por qué seguir dándole esa seña de respeto, de sirvienta para todo servicio) y a mí me gustaba que me contara recuerdos de su pasado de chinita riojana bajando a la capital con grandes ojos asustados y unos pechitos que al fin y al cabo le iban a valer más en la vida que tanto plumero y buena conducta.

Antes, como epígrafe, hay una cita del poeta quebequense Marcel Bélanger (quien entrevistó a Julio en 1978 para la revista Nuit Blanche ), de su libro o poema Nu et noir : Le hasard meurtrier se dresse au coin de la première rue. Au retour l'heure couteau attend. No resulta aventurado imaginar que esa “ hora-cuchillo ” que espera a la vuelta, debe haber sido decisiva a la hora de escoger tal epígrafe para un cuento en un libro sobre la puñalada.
Y el libro se compuso y se editó, mas por una serie de razones que no vienen al caso nunca se puso a la venta. Sencillamente se le perdió la pista, y al cabo del tiempo falleció la persona que poseía en depósito los nada más que 240 ejemplares de aquella edición limitada. Una amistad común le habló tiempo después a Eugenia Niño de la existencia de un depósito extraño de nada menos que 240 ejemplares numerados de un mismo libro, y allá que se fue nuestra galerista, a ver de qué se trataba.

El resto ya se lo pueden figurar. Eugenia Niño adquirió la edición íntegra y convenció a Pat Andrea de que colorease cada uno de sus treinta y cinco dibujos en otros tantos ejemplares de la edición. Y esa era la exposición a la que me había llevado Javier Maderuelo, en el número 43 de la madrileña calle del Barquillo.

Ilustración de Juan Gabriel Puga

Luego de que hube admirado aquella maravilla inesperada, la galerista puso en mis manos un ejemplar de los normales, es decir, los no coloreados a mano por Pat Andrea. El núm. 161. Ustedes ni siquiera pueden imaginarse mis encontradas emociones cuando alcancé la última página impresa, la del colofón, en la cual podía leerse lo siguiente: “El presente libro [ ...] se terminó de imprimir el 15 de febrero de 1984 en [ ...] Bruselas. ”

Una película vertiginosa se proyectó en la pantalla de mi memoria. Julio Cortázar murió el mediodía del domingo 12 de febrero de 1984 y me enteré al rato porque me lo contó al teléfono (desde el mismísimo 9, place du Général Beuret) el malogrado Osvaldo Soriano, a quien llamé luego a mediodía del lunes 13 para saber la hora y el lugar del entierro del Gran Cronopio, y esa misma noche la pasé en blanco a bordo del expreso Moscú-París para llegar a tiempo de estar presente en el cementerio de Montparnasse a mediodía del martes 14. Y resulta que sólo veinticuatro horas más tarde ya se estaba editando en Bruselas, donde Cortázar había nacido casi setenta años antes (el 26 de agosto de 1914), éste que iba de ser el primero de sus libros póstumos. Y es que la vida de Julio Cortázar fue una constante rayuela, una constelación cronopial de la gran flauta, para decirlo mal y pronto.

Aviso desinteresado a los lectores bibliófilos: el 20 de septiembre llamé por teléfono a Madrid, a la galería, estuve platicado con Eugenia Niño, y ella me confirmó que aún quedan a la venta ejemplares del libro, numerados y firmados por Pat Andrea. No se pierdan semejante bocatto di cardinali, cronopios míos. Les doy hasta la dirección e-mail de la galería, por si quieren echarle mano a uno de esos ejemplares: eugenianino@hotmail.com.

junio 05, 2007

Julio, Julio, Julio...

Aunque el título va sobre Paz yo lo siento más sobre Julio. Uds qué opinan? (no sé si se copie el link del video, pero en mi blog también lo pueden encontrar).





La danza de Octavio Paz

El Minutario
30 de mayo

Hay en YouTube un breve film en el que se observa a Octavio Paz y a Julio Cortázar realizando una frenética danza. Están en Nueva Delhi, rodeados por un montón de niños y adultos en un jardín soleado (que debe ser el de la embajada), y la fecha debe ser 1965. Seguramente la fiesta obedece a algún ritual, pues Paz tiene la frente pintada de rojo. En algún momento, los hindúes hacen una ronda alrededor del poeta, a quien se mira muy divertido. La idea que tiene Paz de la danza corresponde a un ritmo ya olvidado conocido como la yenka; la de Cortázar, más bien se identifica con la idea cubista de la coreografía. Es de lo más simpático. Obviamente está filmado (¿por quién?) cuando Paz era aún embajador ahí y los muchos hindúes que aparecen deberán ser los empleados de la embajada con sus hijos. ¿Quién será entre todos ellos el joven Hassan que, en “Efectos del bautismo”, cambia su nombre a Erik?

También aparecen en fracciones de segundo las esposas de ambos escritores: Marie-José Tramini y Aurora Bernárdez. Aurora, gran traductora y lectora, es una de las mujeres más asombrosas que he conocido. Hace un año, entregó con ejemplar desprendimiento al Centro Galego de Artes da Imaxe en La Coruña el archivo que heredó de su esposo con miles de documentos y fotografías (el Centro Galego, por cierto, acaba de publicar Ler imaxes. O arquivo fotográfico de Julio Cortázar). Una selección de imágenes y documentos provenientes de ese archivo se acaba de mostrar en la Maison de l’Amerique Latine y en el Instituto Cervantes de París. María Laura Avignolo, corresponsal del Clarín en esa ciudad, hace una crónica sabrosa del material exhibido. Se recoge en la eficiente página web dedicada a Cortázar. Cuando la reportera llega a la amistad entre Cortázar y Paz, escribe:

Octavio Paz lo admiraba. No hay más que hojear cualquiera de sus libros trasegados. Se conocieron en la India en los años sesenta, cuando Paz era embajador de su país y su relación no sufrió apenas altibajos. Paz le tenía a Cortázar en el panteón de los grandes, junto a Rulfo, Borges y Neruda, y Cortázar consideraba que Octavio Paz era “la estrella marinera de la poesía latinoamericana”. Así es que no es de extrañar que en su biblioteca se encuentre prácticamente todo, desde Libertad bajo palabra (1949) hasta algunos de los artículos publicados en la prensa en España, en los años ochenta. El mexicano le dedica así Los hijos de limo: “A Julio, más cerca que lejos, en un allá que es siempre aquí, Octavio”. La confianza entre ambos le permitía escribir [a Cortázar] en la primera página de Águila o sol: “Es muy hermoso, Octavio, pero es un lenguaje del que hay que despedirse. Yo lo hice, al menos, con Estación de la mano”. El 2 de marzo de 1965, desde Delhi, le envía Paz el ensayo “La palabra edificante” “con la esperanza de verlo pronto, con la seguridad de leerlo siempre”. No hay más que hojear sus páginas amarillas y porosas teñidas de bolígrafo azul en los márgenes para saber lo mucho que le interesó a Cortázar. Un ejemplo: dice Paz “cuando la poesía de Cernuda era menospreciada en su patria y en el resto de Hispanoamérica…” (pag, 82). Y replica Cortázar: “Te equivocas. En esos años había algún argentino -muchos, creo- que veían en L. C. al más alto poeta español de su tiempo junto con Federico”. El arco y la lira lo cuajó Cortázar de NO en los márgenes con bolígrafo rojo. Otras veces un no le parece insuficiente y añade con fuerza: “Te bandeás, Octavio!”, o “Brillante, sí, ¿y qué? ¿dónde la salida, el tercer camino, la síntesis definitiva, el salto sintético?”, o “Es mucho peor de lo que dices, Octavio”, o “¡Más bien es al VERSE, Octavio!”. En la pág. 76 aclara Cortázar que, “al final de su vida, Ezra Pound hizo las paces con Whitman”, y, más adelante, cuando se lamenta Paz de que Unamuno hubiese ignorado el humor, salta Cortázar: “España, querido”...

Guillermo Sheridan
Tomado de Letras Libres

marzo 20, 2007

Quién pudiera ir a París para ver esto

Clarín 18/03/07
CULTURA : FOTOGRAFIAS, NEGATIVOS, OBJETOS Y DOCUMENTOS
por María Laura Avignolo
París revela el alma de Cortázar con una muestra de su archivo personal Se trata de la colección que el escritor legó a su ex Aurora Bernardes. Se destacan sus autorretratos, las cartas personales y un raro filme en Super 8.
Más de cuatro mil items revelan en París el mundo interior de Julio Cortázar. Fotos, negativos, diapositivas, cartas manuscritas, reportajes y filmes cuentan una historia íntima que atraviesa Buenos Aires, la ciudad bonaerense de Bolívar, las provincias de Cuyo, Tucumán, Salta, Corrientes, Valparaíso, Montevideo, París, el pueblito francés de Saignon, La Habana, Puerto Mont, Nueva York, India, Venecia, Perugia, Asis y Montreal, en un verdadero parcours de combatant creativo y curioso.
La exposición está basada en los archivos fotográficos personales de Aurora Bernardes, la primera esposa de Cortázar y su heredera universal, que fueran depositados en el Centro Galego de Artes da Image por ella misma en 2005. Se ha repartido en el imponente petit hotel de la Maison de l'Amerique Latine y el Instituto Cervantes de París y será clausurada el próximo 30 de marzo.
El album fotográfico muestra desde su infancia en Suiza, sus primeros años en París, su pasaporte y cédula argentina, su carnet de conductor y del club Gimnasia y Esgrima, y hasta la libreta de profesor de colegio secundario que le permitía viajar con descuento en los trenes de los ferrocarriles argentinos cuando era profesor en Bolívar. Las fotos que tomó de sus viajes a India, Galicia, La Habana son otro punto alto de la muestra.La muestra está presidida por una espectacular foto de Aurora Bernardes y Cortázar en India, bajo un fondo de tela, tomada por un fotógrafo de la calle. La fecha es 1956. Habían decidido regresar en barco y bajarse en las escalas.
En una postal enviada a sus amigos, Cortázar describió divertido la escena: "Los fotógrafos están instalados en la calle, con su telón de fondo. Parece un novio de provincia. Yo quise hacer lo mismo pero no pude aguantar la risa viendo a los 50 hindúes que nos rodeaban estupefactos".
Fotografiada con infinita ternura por Cortázar, Aurora aparece como una figura delicada, etérea, pequeña y elegante a lo largo de la toda la muestra. Ella también ha sacado fotos de él y se lo ve ya con su clásico impermeable beige; sus sueters de cachemira; tecleando frente a la ventana sobre su máquina de escribir o posando en los puentes de la Rive Gauche de París o en su departamento de la rue St. Honore.
También se exhiben los anteojos, su máscara africana y fotos con otros personajes. Con Octavio Paz en la India y con Alejo Carpentier; con Italo Calvio y la viuda de Salvador Allende ingresando a la asunción de Francois Mitterand a la presidencia francesa. No falta registro de un viaje con Mario Vargas Llosa; una carta emocionante a Luis Buñuel, que sería su amigo después y a quien le confiesa que no es buen contertulio y sus fotos a bordo del barco Belgrano, en un viaje entre Buenos Aires y Marsella en 1958.
Resulta un tesoro aparte el epistolario. Están las cartas personales que Cortázar mandó en 1942 a sus amigos de Chivilcoy Mercedes Arias y Luis Gagliardi. Otras dan cuenta de su periplo: cartas enviadas desde Irán, la India, Galicia.
"Yo detesto las cartas literarias, cuidadas, preparadas, copiadas y reproducidas" advierte Cortázar en una carta a Gagliardi."Yo me siento delante de la máquina de escribir y yo dejo correr los pensamientos".
Así, en una larga carta fechada en 1964 le escribe a su amigo, el editor Paco Porrúa sobre el valor del trabajo y su valorización del tiempo libre, cuando ya trabajaba para la Unesco.
"Lo malo del sistema capitalista del trabajo (y peor en el sistema socialista) es que parece que parten del supuesto que el tiempo libre no sirve para nada. Me acuerdo que mi primer patrón en París me anunció que me doblaba el sueldo si yo iba a trabajar todo el día en vez de medio día. Cuando me negué, me preguntó: '¿Pero usted para que quiere medio día libre?'..El hombre no entendió que entre la guita y el tiempo libre yo elegía el tiempo libre".
Cortázar también le cuenta al editor Porrúa su conmovedor encuentro en la Unesco nada menos que con Jorge Luis Borges.
"Ay, Cortázar, a lo mejor, no? ¿Usted se acuerda, no? que yo le publiqué casi seguro en aquella revista. ¿Cómo se llamaba esa revista?" le había dicho Borges al verlo. "Yo casi no podía hablar, por el grado de idiotez en que llego en momentos así. Pero me emocionó tanto que se acordara con orgullo de chico de ese trabajo de pionero que había hecho conmigo" escribió Cortázar recordando el encuentro.
Sigue el archivo. Cortázar bajo la lente del famoso fotógrafo Pepe Fernández o la de Antonio Gálvez. O sus propios tomas de La Muñeca Rota o de la poética Prosa del Observatorio, donde se observa una sensibilidad obsesiva por la naturaleza humana y la arquitectura como paisaje.
Un film suyo en Super 8 totalmente desconocido por el público muestra a Cortázar en un nuevo territorio creativo. A sus propias creaciones se suman las obras de sus amigos de París como los pintores argentinos Julio Silva, Luis Tomasello, Alechinsky y los españoles Antonio Saura, Luis Seoane y Leopoldo Novoa.
No faltan, claro está, fotos con su gato y con su compañera Carol Dunlop hacia 1982
cortazar@elistas.net

febrero 12, 2007

23 años 'sin' Julio (pero nunca sin él)

Tu más profunda piel

Pénétrz le secret doré
Tout n’est qu’une flamme rapide
Que fleurit la rose adorable
Et d’ou monte un parfum exquis

Apollinaire, Les collines



Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía —sábelo, allí donde estés— es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hace de tu rostro una máscara de joven faraón rubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosa geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido, de embajadas con cesto de frutas o agazapados flecheros, y cada poza, cada río, cada colina y cada llano los ganamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste: “Me da pena”, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caídas desde lo alto o lo hondo, jinete o potro, arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

Dijiste: “Me da pena, sabés”, y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar mi último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo cómo poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se negaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que mi boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronces que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne que oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.

enero 15, 2007

queremos tanto a julio

y cuando uno se encuentra con noticias como ésta, quisiera tomar las maletas y salir corriendo...

octubre 21, 2006

Más Cortázar, por qué no.



Me acabo de leer un libro fascinante, pequeño y distraído; pero con un encanto que no te deja soltarlo para nada. Y es que apenas lo terminas y tus manos lo dejan libre, él se sacude y se va dando brincos por todo el librero, despeinando a los viejos con un aire de plumero o de fox-trot. Juguetón este librito, que además es doble ya que como Cronopios que son, a los autores se les hizo natural dividirlo en dos tomos, por qué no.

Juguetón como es (ahora está desparpajado sobre el buró, roncando a todo lo que da, sin ninguna vergüenza) era necesario un nombre igual de diablo: La Vuelta al Día en Ochenta Mundos de quién sino del buen Julio Cortázar, que ahora voltea de cabeza el clásico de ese otro Julio, su primer maestro, Julio Verne. Sin embargo, si bien el libro está firmado por Cortázar, todo su diseño y lado visual corrieron por cuenta de un Julio más: Julio Silva, pintor y escultor muy cercano al Julio escritor. Lo digo por que no sólo hizo un trabajo maravilloso; aquí Silva ilustra, da forma y complementa perfectamente los textos con imágenes sueltas, grabados, fotografías que ocupan dos páginas si él quiere, por qué no, y es de esta manera como todo se va enlazando formando una unidad, una obra completa por todos los ángulos.

Podría decirse que es un libro de ensayos, pero advierto que tomarlo como tal sería un grave error, al menos como un libro de ensayos comunes; además de que tiene un tanto de manifiesto lúdico, con poesías regadas entre la página setenta y algunos cuentos por la ciento once y la ciento veinticuatro. Más que un libro de ensayos, es una visita a la cabeza desordenada de este Cronopio que todos quieren, una cabeza que vive en ochenta mundos a un tiempo, a veces más. Por que si bien ahora habla de Louis Armstrong, dos hojas más adelante será de su visión poética, o de los críticos de arte y por qué no de su gato cuando se queda viendo fijamente un punto vacío en el espacio.


Por que Julio escribe lo que se le da la gana y como se le da la gana, y eso es lo que lo hace tan revelador (léanse el capítulo: Querido amigo, estimado o el nombre a secas), rompiendo con los esquemas tradicionales una vez más, con las lecturas de un tiempo lineal y absoluto. Un libro que al leerlo te viene la impresión de un cuarteto de jazz, tan lleno de síncopas y contratiempos en la forma, de solos de trompeta y aquí cambiamos de escala, así me gusta, antes otra pequeña improvisación y dale más a la batería. Un libro libre, profundamente esclarecedor, aunque ahora hable dormido y llene todo el cuarto de onomatopeyas, retruécanos e historias de pequeños cronopios que se toman cinco fotos muy seriecitos y una sexta sacando la lengua.

Libros Relacionados:

Pues todo de Cortázar, pero principalmente: Historias de Cronopios y Famas, Rayuela, Territorios, Un Tal Lucas; además de la infinidad de libros y autores que se citan.